David Bowie – Blackstar (2016)

por Álvaro Mortem

David Bowie - Black Star (2016)

En el arte el único camino posible a seguir es siempre el de la transgresión. Aquello que es cómodo, fácil, que supone seguir las pautas marcadas por otros o uno mismo, sólo sirve para perpetuar aquello que ya nos ha sido dado; para repetir lo mismo que otro, es mejor permanecer callados. ¿Por qué abundan entonces las repeticiones, los homenajes, el seguir el manual hasta las últimas consecuencias? Porque todo desvió del camino pautado requiere asumir riesgos, apostar parte de nuestra existencia —sea nuestro sustento, nuestro prestigio o nuestra propia vida—, algo a lo que la mayoría de personas no están dispuestos. Y dado que es imposible ganar algo verdaderamente valioso sin poner la vida en juego, sólo hay un puñado de artistas valiosos.

Nadie se atreverá jamás a negar que David Bowie se pasó toda su vida haciendo una sola cosa: arriesgar. Arriesgar hasta el límite. Cada uno de sus discos está al borde del abismo; en todos ellos se puede apreciar su sangre, su carne, sus nervios, pero ninguno se siente como mera repetición de lo que ya conocíamos de antemano; desde el primer momento su vida supuso redoblar siempre la apuesta. Y en ocasiones, ha tenido que pagar más de lo que se le ha devuelto. Eso es inevitable: es imposible gustarle siempre a todo el mundo. De ahí que Blackstar sea un trabajo que difícilmente haría un moribundo, un hombre que se sabe ya con un pie en la tumba —por más que algunas de sus letras digan lo contrario, ¿cuánto llevaba Bowie escribiendo elegías? El mismo tiempo que cualquier otro artista que se precie: toda su vida—, sino todo lo contrario: un hombre joven, radiante, vivo.

Blackstar no es el trabajo de un hombre diciendo sus últimas palabras. Aquí no hay cansancio, sino magia. Bebe del jazz, del rock psicodélico, del IDM. Abraza la modernidad para fusionarla con las formas clásicas que, irónicamente, esquivó en su propia época por hegemónicas, o al menos culturalmente más aceptadas; de ahí, la forma: sus cimientos son clásicos, un avant-garde jazz de tintes pop, pero su ejecución es tan oscura, tan sobrecargada, que va varios niveles más allá: nada en su escucha es fácil, no estamos ante la enésima muestra de radiofórmula de digestión rápida, sino que tiene un efecto transcutáneo: no es ya que requiera tiempo asimilarlo, sino que es necesario vivirlo como si fuera una parte más de nosotros mismos. No aturde el cerebro con repeticiones fáciles de patrones, sino que lo seduce llevándolo al extremo de sus capacidades.

Pero quien se arriesga, tropieza. ‘Tis A Pity She Was A Whore, por ejemplo, aunque más sobrecargada, resultaba más elegante en Sue (Or In A Season of Crime); e incluso así, es brillante: es un traspié, un paso en falso, pero al mismo tiempo no lo es. Consigue convertirlo en otra forma de dar un paso adelante, de sacarse de la manga un ingenioso paso de baile. Es menos elegante, más brusca, porque adquiere esa hosquedad al forzar al límite todos los instrumentos, al desproveer de adornos al fondo y hacer que cada elemento esencial se retuerza torturado hasta más allá de sus convencionalismos. Y eso puede ser un tropiezo, un bendito tropiezo que lleva el arte varios pasos más allá de donde lo haría si se hubiera quedado en el paso ya asegurado.

No tiene sentido hablar de elegías, de testamentos, de últimas voluntades. David Bowie murió a los 69 años, dos días después de que se publicara Blackstar, siendo absolutamente moderno; en tanto, la mayoría de músicos jóvenes siguen vivos estando absolutamente muertos.

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