Buffalo Daughter – Pshychic (2003)

por Álvaro Mortem

Buffalo Daughter - Pshychic (2003)En ocasiones no existen palabras para describir algo. Incluso aquellas cosas que generalmente sí se pueden definir. Aunque suene ilógico, ya que aquello que ni cambia ni es nuevo debería remitir siempre a las mismas palabras, en realidad tiene un sentido último detrás: las cosas no se nos presentan siempre de la misma forma. Si bien una silla siempre es una silla, no es lo mismo una estéticamente apolillada Luis XIV que un ready made en forma de bricolaje de todo a un euro de Ikea. Incluso si, en un arrebato de extravagancia, la firma sueca decide imitar un estilo que, en ningún caso, puede apoderarse a causa de su brutal identidad propia. ¿Qué ocurriría si Ikea de repente manufacturara muebles al estilo Luis XIV? Que no habría palabras para describir su estrategia comercial.

En cierto modo, Buffalo Daughter podría ser el resultado de Ikea fagocitando el estilo Luis XIV: parte abigarrado, parte minimalista, todo musique cécorative. Y Pshychic es buen ejemplo de ello. Con un estilo desconcertante, basado en utilizar composiciones sencillas distorsionadas de forma recursiva hasta convertirlas en tonadillas de barraca de ferias de un futuro cyberpunk por intoxicación de ramen, desarrollan un estilo particular que pasa desde los destellos electrónicos à la Kraftwerk, pasado por el tamiz de samplers de voz que repiten periódicamente A-Go-Go, hasta un estilo shibuya-kei relativamente ortodoxo, deconstruido para convertir cualquier melodía en un ejercicio de resistencia que supere los ortodoxos «cuatro minutos máximo» del pop.

Al igual que esa hipotética cópula del barroco con el funcionalismo, la música de Buffalo Daughert está más allá de las palabras. Podemos juntar decenas de antónimos, jugar con el mismo proceso del entendimiento —ruidismo amable, desconcertante familiaridad, dulzura en el gesto agrio; memeces encadenadas con inteligencia—, pero nada de eso lograría crear la impresión exacta que nos logra transmitir el disco. Porque existen acontecimientos que no se pueden comprender si no es viviendo la experiencia en sí por nosotros mismos.

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