Kendrick Lamar – Damn. (2017)

por Álvaro Mortem

Existe algo divino en el proceso artístico. Como si todo artista fuera un dios en miniatura. No por nada, en su obra su voz es absoluta. Decide la forma, el fondo, qué existe, qué es lo que nunca podrá existir. E incluso si la obra tiene existencia autónoma, ya que será interpretada en un contexto específico por personas que no son su autor, hasta dónde pueda llegar dependerá de los atributos que le haya conferido.

En otras palabras, toda obra es tan relevante como perspicaz es el artista a la hora de leer el pulso al presente. Y tan buena como buen artesano sea. Que es como decir cuan autoconsciente es.

Kendrick Lamar no necesita demostrar nada. Que es un artesano excepcional lo ha demostrado ya sobradamente. Y que es capaz de leer el pulso al presente es evidente cuando tanto sus colaboraciones como su mensaje político resuena con fuerza incluso en los rincones más opacos, respectivamente, al glamour mainstream o a la crítica racial. Y sin embargo aquí estamos. Buscando las palabras que justifiquen el hecho de que Damn. es una obra maestra.

Con un enfoque más personal, poniéndose a sí mismo en el centro del disco —algo que contrasta de forma notoria con respecto de To Pimp A Butterfly, disco que, en lo temático, abogaba por poner lo comunitario en el centro—, aquí encontramos un Lamar diferente. Más centrado. Más pop, si nos permitimos ese veneno. Porque aquí no hay línea estricta en lo estético. Con J Dilla como único referente perpetuo a lo largo del disco, la naturalidad con la que pasa del rap al R&B o al soul resulta menos sorprendente que chocante. Principalmente, porque el disco trata sobre Lamar. Sobre sus orígenes divinos, su caída y también su resurrección.

Y como dios se rodea sólo de otras figuras divinas.

Con colaboraciones que van desde Rihanna, en la insustancial Royalty, hasta U2, que se ponen full Dilla en la (contra todo pronóstico) excelente XXX, el disco busca reforzar esa idea de divinidad a través de todos los elementos. Los cambios estilísticos. La presencia de popes del pop. Las letras, más que nunca, cargadas de yo. Que no de ego. Por favor, ¡que esto no es un disco de Kanye West!

Comparación, por otra parte, inevitable. En lo temático, Damn. se puede leer como de la misma estirpe que Yeezus. Pero ese parecido es superficial. Epidérmico. Porque donde para West la autoconsideración de dios está rayano lo literal, en Lamar es sólo un modo de introspección. Sabe que es una estrella. Que se codea con estrellas. ¿Pero en qué posición le deja eso?

De ahí la despersonalización. El cambio constante de géneros. Que sólo sea Kendrick Lamar, en el sentido más puro, pero también en el más rabioso, cuando nadie está colaborando en las canciones. Pero también que, al final, acepta que él no es un dios: es un hombre. Un hombre con suerte. E igual que ahora está en la cima, pudo haber acabado en una banda. Y no musical, precisamente. Algo que hace explícito en la última canción del disco, Duckworth.

¿Qué hubiera pasado si Anthony “Top Dawg” Tiffith, el fundador del sello de Lamar, nunca lo hubiera coincidido? ¿Y si además de eso hubiera matado a su padre, Ducky? De eso trata Duckworth. Y sintetiza el mensaje del disco de forma preclara en sus últimos cuatro versos.

Whoever thought the greatest rapper would be from coincidence?
Because if Anthony killed Ducky
Top Dawg could be servin’ life
While I grew up without a father and die in a gunfight
.

No importa el potencial de las personas: sin una comunidad que les apoye nunca llegarán a ser nada. Puedes ser dios, ¿pero de qué vale un dios al cual no le permiten la posibilidad de demostrar sus poderes? O si se lo permiten, que no tienen eco en los demás.

De ahí que Damn. sea una obra maestra. También que sea engañoso, cruel, necesario. Porque no rompe con el discurso de Lamar. Sólo lo enfatiza. Puede que se ponga en una posición privilegiada, pero no niega la realidad: sin sus compañeros, sin la gente que le ha apoyado, sin la comunidad, él nunca podría haber llegado hasta donde está hoy.

Y quién sabe. Conociendo los problemas de desigualdad entre ricos y pobres, que se ceba especialmente con la comunidad negra, ¿cuántos Lamar se habrán quedado por el camino porque sus Top Dawg acabaron en la cárcel antes de poder montar sus sellos?

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