tricot – 3 (2017)

por Álvaro Mortem

Aceptemos un axioma doloroso: hacer pop es difícil. Conseguir que algo suene melódico, que interpele al público y que además no sea exactamente igual que todas las demás canciones pop, es un trabajo arduo. A fin de cuentas, hablamos de algo cuya belleza no puede ser intelectual, no puede radicar en reconocer lo complejo de sus escalas o lo innovador de su sonido, sino que debe sonar, objetivamente, bonito.

tricot nunca han tenido problemas al respecto. Con un math rock donde prima lo melódico sobre lo técnico, su sonido siempre ha tenido un aire catchy que les alejaban de otras propuestas igualmente próximas al pop, pero con un mayor énfasis en lo técnico, como pueden ser toe. Pero nada de eso no significa que no tuvieran margen de mejora. O para ser exactos, de evolución. Porque si algo nos demuestran con 3 es que su sonido todavía tiene margen para crecer. Y no sólo en lo que corresponde al ámbito de lo pop.

Porque si en algo es diferente 3 es en lo punk que suena. Haciendo de la canción de tres minutos su campo de batalla, en sus mejores momentos, tricot han conseguido fusionar perfectos himnos pop con demenciales arrebatos técnicos donde todo el ruido y la furia que cabría esperar del punk se desarrollan por amor al sonido rayano lo dulzón al cual nos tienen acostumbrados. Algo que se ve incluso en las canciones más ortodoxas, como puede ser el caso de Wabi-Sabi.

En cualquier caso, eso no significa que no haya espacio para su sonido clásico. Canciones como Yosoiki o Sukima demuestran que aún tienen mucho que decir por su lado math rock más ortodoxo. Pero, sea por la novedad o por la fiereza, son los otros temas los que más destacan.

Algo que se hace particularmente obvio cuando los más radicales son los que abren y cierran el disco.

Ésta no deja de ser una maniobra arriesgada. Al hacer que los principales hitos del disco caigan en los dos extremos puede parecer que no hay desarrollo entre ambos extremos. Incluso si su intención es crear el efecto contrario: que la obra está perfectamente cerrada. Algo de lo que está cerca de pecar cuando comienza con Tokyo Vampire Hotel, auténtico trallazo pop de alma punk, y cierra con Setsuyakuka, la cual asienta el tono, y Melon Soda, que es imposible no querer escuchar en bucle para los restos. Porque ahí radica la clave. Es de ese modo cómo esquivan el riesgo de que parezca un disco demasiado enfocado en sus singles: no sólo manteniendo la calidad general, sino haciendo que el final sea tan redondo que queramos volver a escuchar el disco desde el principio inmediatamente. Y cuando lo hacemos, que el primer tema sea tan inmenso que no tengamos más remedio que volver a escuchar todo el disco.

Eso es pop. Agarrarte por el cuello y hacerte incapaz de hacer otra cosa. Sólo pensar en esa melodía tan pegadiza. Y tricot no sólo lo han conseguido con 3, sino que, por el camino, nos han dado algunas de las mejores canciones de su carrera.

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