Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree (2016)

por Álvaro Mortem

A Nick Cave el tono elegiaco se le da por sentado. Sus obsesiones, siempre entre dios y la mugre, como si sólo fuera posible encontrar un acto de fe verdadera o un milagro realmente valioso cuando se mira hacia los menos afortunados, hacen imposible que pueda ir más allá de la nausea como convención poética. Como tema. O si se prefiere, como pegamento: aquello que mantiene unidos todos sus intereses es la pasión con los que los observa desde el punto de vista de los callejones más oscuros.

Skeleton Tree es lo que ocurre cuando Cave da de bruces otra vez con esos callejones. Cuando, tras el milimétrico proceso de deconstrucción que supuso Push The Sky Away, la tragedia impacta con tanta fuerza en su vida que no cabe más que, de nuevo, desnudarse y describir sus propias heridas.

En Skeleton Tree todo es directo. Descarnado. Sin grandes relatos. Y eso tiene sus ventajas. Volviendo al tono oscuro, íntimo y con tendencia a la calma, permitiéndose paladear cada canción sin que se descontrolen siquiera en el minutaje, prácticamente cada una de ellas podría entenderse como el germen de un todo más grande. Como si el disco, lejos de agotarse en sí mismo, estuviera compuesto de embriones que son la promesa de algo más grande. Algo con identidad propia. Pero dado la clave del disco, esto es dudoso: todas ellas son el aborto espontáneo de un sentimiento apenas sí insinuado.

Pero ahí está lo que las une. Su metarelato. Que detrás de sus pocos, pero fuertes, remanentes estéticos —énfasis en el piano, cierta querencia ruidística/fantasmagórica—, todas comparten el tono elegiaco.

Elegiaco, pero no por conmiseración o frustración. Ni siquiera con rabia o tristeza. Sólo con el silencioso ruido del que se sabe vacío.

Todas las canciones parecen compuestas para no abrirse. Para ser herméticas habitaciones vacias que no revelan nada de quien las habita. Desde Girl In Amber, una nana oscura que hace de la repetición un arte y la desesperación su principal campo de batalla, hasta Skeleton Tree, la balada que sirve sólo como la confirmación de la imposibilidad de aceptar la oscuridad en la que se encuentra, todo lo que hay entre medio es un eco fantasmal. Un susurro. Una insinuación. Un contraste metódico y cruel entre un Nick Cave que parece desaparecer —en Skeleton Tree, literalmente— y una música que, incluso cuando se pretende viva y poderosa, no puede evitar sonar como los ecos fantasmagóricos de lo que fue una vez un predicador solemne, como nos demuestra Jesus Alone.

Porque eso es Skeleton Tree. Nick Cave mostrándose humano, incapaz y, tal vez por primera vez, incapaz de ser un predicador, un bardo o un pobre desgraciado. No un dios. Sólo un hombre. Que es lo que es en Skeleton Tree: sólo un hombre. Ya que, en ocasiones, para firmar una obra maestra, se hace necesario mostrarse así.

Desnudo.

Solo.

Sin atributos.

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