Leon – Bird World (2017)

por Álvaro Mortem

La música de videojuego nunca pasa de moda. Aunque surgió como una moda en apariencia efímera, el chiptune parece ser tan eterno como las tonadillas que imitan: aquello que era una limitación por pura necesidad coyuntural, se ha convertido en una forma estética. Y al igual que el pixel art va cobrando cada vez más fuerza, el chiptune le acompaña en paralelo.

Con todo, esta moda no está exenta de problemas. Lo interesante de los videojuegos de los 80’s y 90’s no eran sus limitaciones. Era cómo las aprovechaban. A fin de cuentas, ¿qué músico, de haber tenido la posibilidad, no hubiera utilizado mejores recursos?

Leon ha entendido eso. Que imitar las limitaciones de la época es absurdo. Si es que no directamente insultante. Por extensión, ha decidido tomar un camino diferente, desviándose sutilmente de lo que hacen el grueso de músicos que toman como inspiración los videojuegos de su infancia: decide recrear la banda sonora de un videojuego que nunca existió, pero pudo haber existido. Algo para lo cual, lejos de asumir el camino de la nostalgia formal, decide tomar el camino contrario. Asume un proceso de vanguardia. Y es ahí donde encontramos el grueso de sus herramientas conceptuales. Samplers, orquestación y más que evidentes influencias del sonido electrónico nipón de los últimos años.

Eso hace que el sonido de Leon sea extraño. Refrescante y nostálgico. Casi como si estuviéramos escuchando algo familiar, pero convenientemente readaptado. Porque, lejos de la tonadilla chiptune, los mejores momentos de Bird World llegan cuando es plenamente conceptual. Winter Melon Valley, por su carácter melancólico fusionando aires retro con un estilo cuasi post-rock, Green Tea Forest, que eleva el sampler a la categoría de obra de arte, o Goodbye to Bird World, que sirve de carta de créditos para el disco y para el (no) juego volviendo a la melancolía y el piano, son las piezas más delicadas e idiosincráticas de un disco que no pretende ser la imitación de una década que ya quedó atrás, sino su figuración de cómo pudo haber sido si hubiera tenido mejores herramientas.

Con todo, eso no significa que siempre acierte. Que no tenga sus principales problemas en esa idiosincrasia.

Canciones como Noodle Cove o Battle on Mantou Mountain llevan tan al extremo el uso del sampler y la referencia que resultan estridentes. Eso provoca cierta cacofonía que lastra un final de disco demasiado centrado en aumentar la intensidad sin pensar en el equilibrio en la propia escalada. Algo comprensible si lo pensamos como si, tras un soberbio ejercicio de contención, necesitara desquitarse antes de un precioso grand finale à la Joe Hisaishi.

Porque, pese a todo, Bird World es un buen disco. Y suena como podría sonar un videojuego de los 90’s que, mágicamente, hubiera tenido las herramientas sonoras y musicales suficientes como para poder hacer un ejercicio de estilo similar al que podría conseguirse hoy en día. Algo que ya es mucho más de lo que puede decir el grupo de chiptune medio.

A fin de cuentas, ¿cuántas veces han intentado vendernos como nostalgia lo que no es más que pura pereza musical?

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