Aristophanes – Humans Become Machines (2017)

por Álvaro Mortem

Si algo bueno ha traído Internet es romper el pequeño caparazón que suponen los medios de producción nacionales. Al crear un sistema de comunicación global cuyo uso es (relativamente) intuitivo y no dependiente (enteramente) del lenguaje, es fácil encontrar alternativas al discurso hegemónico presente en cada lugar. En otras palabras, quien se conforma con escuchar lo que ponen en su radio de referencia, es porque no tiene ningún interés de salir de su pequeña burbuja de lugares comunes.

Aristophanes hubiera sido imposible antes de la aparición de Internet. Eso es obvio para cualquiera. Taiwanesa, rapera, feminista y profesora de escritura creativa, sus bases ácidas y sus fraseos agresivos y poéticos fueron descubiertos a occidente cuando, buceando por SoundCloud, Grimes la encontró y decidió contar con ella para la canción más interesante de Art Angels, Scream. Por eso estamos hoy aquí. Porque gracias a esa colaboración ha podido firmar Humans Become Machines, un disco con pretensión global.

Nada de eso quita ni un ápice de originalidad al disco. Pero tampoco de dificultad. Con un estilo agresivo, oscuro y difícil de asimilar en una primera escucha, Aristophanes nos obliga a horadar sus canciones para comprender dónde reside su encanto. Pero cuando lo hacemos, encontramos recompensa.

Ya sea en los descarnados ritmos acompasados de Dream of Caves, el brutal ascenso hacia el grime en 3001: A Space Disco o el alucinado viaje lisérgico con tintes pop de Queen In The Wonderland, todo suena como la versión malévola de un cuento de hadas intencionalmente distorsionado y sangriento. Algo a lo que ayudan tanto sus letras, cargadas de simbolismos, como sus vocales, siempre más cerca de hacer trizas los versos en un escupitajo malintencionado que de rapear en el sentido más ortodoxo del término. Porque ahí reside su encanto. En cómo lleva el rap hacia un territorio rayano la pesadilla, mucho más cerca del sonido del trap japonés que del pop marca blanca estadounidense. Incluso si en último término a lo que más se parece es a la sucia e indefendible (para el crítico nacido antes de mediado de los 80’s) estética cut-up que favorece toda una vida de Internet, anime y literatura de vanguardia.

Pero nada de eso quita que tenga sus momentos cuestionables. Fly to the Moon y, especialmente, Birth of a Prayer, son composiciones pastelosas, injustificables en el contexto del disco, versiones apenas sí ligeramente intervenidas del típico éxito radiofórmulas concebido desde la mente de una docena de productores. Pero si obviamos ese traspiés, el resto del disco no sólo es disfrutable, sino excelente.

El problema es que ese traspiés puede marcar su futuro. Que, dado el éxito que está cosechando, Aristophanes se convierta en la nueva Grimes. Otro producto industrial, de canciones perfectamente calculadas, que pierda todo su encanto por el camino.

Ese es el otro peligro de Internet. Que igual que nos da con una mano la posibilidad de conocer lo que ocurre incluso en el lugar más ignoto del mundo, también sirve para estandarizar y borrar todas las posibles barreras que intente imponer el underground para protegerse de un mainstream voraz y asesino. Pero incluso si Aristophanes eligiera el peor camino posible para su música, aún nos quedaría el recuerdo de que en Humans Become Machine firmo un sobresaliente ejercicio de estilo.

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