King Woman – Created In The Image Of Suffering (2017)

por Xabier Cortés

La música como vehículo redentor o, si lo prefieren. Las canciones como forma única de purgar los demonios internos. Porque parte de la música se nutre de experiencias, de errores vitales —y suponemos que de algún acierto también, aunque no nos consta—, de mentes rotas y de sentimientos perdidos. Porque de la frustración, del miedo y de la opresión se puede construir un detallado relato de composiciones en las que verter ira, pasión e incluso perdón. La imagen del artista —compositor e intérprete— abriendo su pecho en canal para expulsar sus pecados —en el sentido más amplio de la palabra— y hacer que, de alguna forma extraña y casi mágica, nosotros, simples oyentes, nos sintamos parte de ese ritual de redención. Porque es ahí, precisamente, en ese instante en el que conectamos con la música en el que ésta se realiza y se termina de completar. Y es esto mismo lo que sucede con el LP —tras un EP brillante— debut de King Woman, aka Kristina Esfandiari manda y no tu panda, Created In The Image Of Suffering.

De experiencias trata este álbum, precisamente. Las experiencias de una mujer criada en un hogar de profunda opresión religiosa. Desde exorcismos —vividos en propia carne o simplemente como espectadora— hasta toda una colección de manipulaciones a cada cual más retorcida, en la mejor de las tradiciones cristiana y a la mayor gloria de vaya usted a saber qué. Created In The Image Of Suffering funciona como válvula de escape, sí, pero también lo hace con un profundo sentimiento de ajuste de cuentas: la de una joven que vive —ha vivido, mejor dicho— encerrada en un mundo que le es violento con la promesa de una vida eterna y del que todos y cada uno de los aspectos de su vida no escapan al estricto control de esa deidad —y sus fieles— autoritaria y extremadamente cruel. Las palabras llenas de ira, rencor y, también, de alivio que emanan como un lento torbellino de emociones sirven de esquema para desarrollar un doom brumoso y denso; con unos desarrollos lentos, pero contundentes que van envolviendo la voz —suave, lejana y terriblemente poderosa y evocadora— de Kristina en una brillante mezcla entre ese gloomy doom, el shoegaze más atmosférico, algo de blues oscuro y todo un despliegue de drones precisos que refuerzan y terminan de dar sentido a una colección de canciones en las que las influencias se tratan con respeto y con distancia. Porque ahí está el protodoom de Black Sabbath agazapado en cada requiebro de las guitarras pesadas, pero sin cobrar un protagonismo innecesario. King Woman encuentra en su lenta cadencia y su desarrollo melancólico su razón de ser construyendo canciones totémicas, grandes, con un marcado carácter sacro —entre trágico y ampuloso— porque un ajuste de cuentas sienta mucho mejor cuando se utilizan elementos y armas propias de aquello contra lo que se está luchando. Casi nada.

Un disco en el que la envolvente voz de Kristina es protagonista destacada, pero que encuentra apoyo en una base musical entre lo arenoso del stoner, la bruma negra del doom y un fantasma blues siempre al acecho. Porque nada canta redención como vomitar las entrañas hasta quedarte vacío y sentir que, finalmente, esa losa que te mantenía paralizado, ese sufrimiento que atenaza(ba) ha desaparecido sin dejar más que un lastimoso recuerdo de cenizas y empoderamiento.

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