ENDON – Mama (2015)

por Álvaro Mortem

Existen grupos de metal extremo. Mirándoles por encima del hombro existe el noise. Y más allá de todos ellos, reinan ENDON.

ENDON hacen esa clase de música. Ese gesto imposible, fugándose hacia territorios imposibles, llevándote todas y cada una de las veces más allá de tu zona de confort. Y es que, con un sonido que emparenta el ruidismo con la precisión cuasi matemática de las formas más extremas del metal, todo parece concretarse siguiendo el protocolo secreto de un algoritmo que entiende el sonido de un modo completamente desconocido para el hombre. A fin de cuentas, detrás de su sonido no hay un principio lineal. Un remitir hacia un sonido o un género particular. Es todo un proceso heurístico donde todo comienza y acaba en el propio sonido de ENDON.

Etude for Lynching by Family es el ejemplo perfecto. En sus siete minutos nos dan la bienvenida al disco pasando del sludge más ominoso a un post-hardcore relativamente ortodoxo para evolucionar en un crust pastoso e inaudible que deriva en un violentísimo noise con claras trazas de black metal donde el cantante acaba prácticamente ladrándonos al oído mientras sonidos punzantes, como quien distorsiona el sonido de un punzón rascando el cristal, nos dan la bienvenida. Y eso es sólo el principio. En los quince minutos de Acme Apathy Amok descubrimos que el grupo son unos magos del tempo, consiguiendo crear lo más similar que se puede conseguir a un noise ambient pasado por la batidora del black metal, y, para cuando llegamos a Pray for Me, ni siquiera nos resulta extraño que comience con un devaneo drone doom, como unos Sunn O))) de gamelán y platillo con exceso de distorsión digital, que evoluciona en uno de los actos de terrorismo sonoro más brutales que somos capaces de recordar.

Acto de terrorismo es, de hecho, el mejor modo de denominar a Mama. Su virulencia, su fuerza, todo el ruido que invocan, es selectivo; no es el ruido por el ruido, pues tiene un fin: infringir dolor, o cuanto menos transmitirlo. Algo en lo que demuestran ser auténticos virtuosos.

A eso ayuda también el soberbio trabajo de producción de Atsuo, batería de los míticos Boris. Y es que, en Mama, la percusión tiene un lugar privilegiado. Adquiriendo a veces la densidad viscosa de un cadáver en descomposición arrastrándose por el techo de tu dormitorio, siempre con la violencia por bandera y un gusto exacerbado por el uso y abuso del platillo y todos los metales que le queden cerca, la percusión es el único elemento que siempre permanece ahí como un horripilante totem a una deseada muerte traumática. Convirtiéndose, en el proceso, en el único sonido siempre discernible en una primera escucha: esa percusión tribal, cuasi mística, que acompaña cada una de las canciones.

Su virulencia, su total ausencia de ortodoxia y, al mismo tiempo, su proximidad hacia géneros, sonidos y formas ya hoy clásicas, hacen del primer disco de ENDON un clásico inmediato. Esa clase de trabajos que, en un mundo mejor, serían el camino a seguir para infinidad de otros grupos dispuestos a llevar al límite aquello que consideramos música.

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