Jordablod – Upon My Cremation Pyre (2017)

por Xabier Cortés

Como genuino movimiento de vanguardia que es, el black metal permite numerosos y diferentes acercamientos. Decimos permite a pesar del siempre molesto fandom-trve-(black)metalerdo, por supuesto, esos que piensan en el black metal como un ente que solamente existió en la primera mitad de los noventa y que, desde luego, todo lo que no suene como los álbumes-tótems que ellos veneran con fervor religioso —ríete tú de la Semana Santa— será quemado en la Hoguera De Lo Trve mientras suena algún cassette grabado en la cueva más profunda de Noruega. O algo así. Dejando a la caverna aparte, decíamos que el black metal es capaz de absorber diferentes aproximaciones a su sonido/concepto/idea/loquesea y seguir siendo eso, black metal. Fusionándose con paisajes postrock, abrazado a la violencia thrash, vomitando las entrañas con el death, sin miedo a verse arrastrado por derivas ambientales y, también, dejándose llevar por los desbarros psicodélicos. Porque desde luego que el black metal no está reñido con los delirios lisérgicos setenteros y así lo demuestran el trío sueco Jordablod en su álbum debut, Upon My Cremation Pyre.

Upon My Cremation Pyre es, ante todo, un disco de black metal. No cuesta encontrar los tropos del género aquí: blastbeats comedidos y base rítmica certera, riffs afilados con un aura épica que invitan a pensar en esos buenos momentos que nos regalaron en su día Ancient Rites y Melechesh y una voz surgida de las entrañas mismas del agujero más profundo del infierno. Hasta aquí todo correcto. Pero el verdadero ser del black metal de estos suecos es esa querencia por incluir guiños, giros y partes que nos llevarán directamente a ese rock psicodélico (progresivo incluso) de los años setenta con una deriva en las guitarras a medio camino entre los Pink Floyd más atmosféricos —Hin Håle parece haberse grabado mientras en la cabeza de Filip Lündstrom sonaba el Live At Pompeii en un bucle de todo menos saludable— y el genuino eco de ese ácido-cósmico japonés de Acid Mother Temple en cualquiera de sus iteraciones salvajes, pero especialmente en la magnífica Pink Lady Limonade de The Melting Paraiso UFO. Si a toda esta influencia lisérgica/proggie la acompañamos de ese aura entre lo maligno e inquietante propia del black metal más sinuoso y tenebroso; ese black metal que se aleja de los hail Satan que quedan bien en los directos, pero que no deja poso y que, por dios, vamos teniendo una edad ya, el resultado no es otro que un documento sonoro único que incluso se atreve —malditos suecos— a reconocer la influencia de la NWOBHM en ciertos gestos que podemos identificar, por ejemplo, en ese final de Of Fiery Passion sin que por ello traicionen—palabra que gusta mucho al trve medio— ese ADN propio del black metal que encontramos en este disco.

Un álbum debut que no hace más que expandir los horizontes del black metal para alejarlo de ese inmovilismo que, a veces, lo deja atrapado en un estado semi comatoso del que cada vez parece que resulta más complicado salir. Pero gracias a un Jordablod y este Upon My Cremation Pyre —álbum debut, repetimos— el black metal experimenta un quíteme-esas-telarañas que además de sacudir un poco el árbol para hacer caer a la caverna enfurruñada de siempre, sirve para descubrir que, afortunadamente y como ya venimos defendiendo en esta santa casa, el black metal tiene todavía mucho que decir. Y porque nunca el sonido de la carne desprendiéndose de nuestro cuerpo para desaparecer en una pira infernal ha sonado tan bien.

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