Iglooghost – Chinese Nü Yr (2015)

por Álvaro Mortem

Existe algo indefinible dentro del verdadero arte. Más allá del baile, la estructura o la belleza, cualquier forma musical que aspire a ser considerada realmente artística debe ser capaz de transmitir conceptos muy concretos, ya sea en forma de estados de ánimo, imágenes o pensamientos. Incluso si parecen, en primera instancia, extraños o arbitrarios. Porque la música, al ser el arte último de la abstracción, su obligación, y su triunfo, es conseguir hacernos transitar por paisajes mentales que trasciendan su mera abstracción. Su logro último es ser concreto sin dejar de ser informe.

En ese sentido, Chinese Nü Year nos remite hacia una estética elemental. No simple, sino extra-formal. Fuera de las estructuras que consideramos naturales. Nos remite hacia colores pastel, formas suaves, sonrisas amables que esconden algo extraño. Perturbador. Esa rareza propia de lo kawaii. De la belleza infantil, redondeada, deforme; de todo aquello que parece hecho sólo a medias; un trasunto de trabajo divino en el cual al creador se le hubiera olvidado qué son las proporciones cuando estaba aún a mitad de su trabajo.

Como si Aphex Twin tuviera un hijo bastardo con Flying Lotus y lo criaran en los suburbios de Tokyo —no por accidente Chinese Nü Year apareció en Brainfeeder, el sello de este segundo—, el sonido de Iglooghost oscila entre lo conocido, lo extraño, lo deforme y lo comercial. Porque como lo kawaii, todo lo que tiene de oscuro e incómodo se esfuma después de darle dos vueltas; cuando nos familiarizamos a su propia deformidad, se nos antoja confortable, cálido y cercano.

¿Pero qué nos encontramos en éste sencillo? Cuatro temas que encapsulan a la perfección todo un microcosmos sonoro que podríamos definir como la Inglaterra underground de los 90’s de las raves clandestinas y la herencia jamaicana pasada por el filtro de la cultura pop japonesa dominante. Algo que se hace notar ya desde Xiangjiao, un extraño mejunje imposible de influencias drum&bass y breakbeat que se acaba combinando con cierta lógica más próxima al espíritu de Aphex Twin de lo que ningún imitador consciente haya conseguido alcanzar nunca. Especialmente considerando sus bajos viscerales, convirtiéndose progresivamente en un marasmo de ecos fantasmáticos, que remiten hacia una versión deforme y en constante transformación de las variedades más experimentales del músico galés. Algo que no se perderá al saltar a Mametchi / Usohachi, tema colindante con los ritmos más próximos al hip-hop de raigambre grime con un sonido que sólo puede describirse, casi arbitrariamente, como debe sonar el parque de recreo de un monstruo deforme, blando y achuchable. Esa clase de sonidos que nos remiten a dibujos animados de sábado por la mañana. A cajas de cereales. A figuras de PVC de baja calidad. Todo ello dando forma al viaje de MDMA más raro de tu vida por mitad de las calles de Shibuya una tarde laboral en mitad de un gran evento otaku.

Dado lo extraño de su primera mitad, su segundo asalto resulta, por comparación, prácticamente ortodoxo. Rescatando con precisión el espíritu EDM, pero llevándolo a la lógica jungle propia de esos 90’s ingleses de espíritu 8bit que sólo podemos encontrar sin traición alguna en Burial —del cual ésta parece un repris speedico—, Gold Coat podría ser la canción perfecta para las pistas de baile de todo el mundo de no ser porque esquiva con elegancia la mediocridad para sumergirse de cabeza en el terreno de ese espíritu underground que tan bien caracteriza a la música que hoy saquea la electrónica comercial sin entender nada de su atractivo o su elegancia. Algo que nos lleva con naturalidad al cierre del disco, personificado en Peach Rift, una sublimación de todo lo que hemos visto hasta el momento. De espíritu grime, formas drum&bass y totum revolutum por excelencia en general, esta vez con reminiscencias breakcore que recuerdan al Venetian Snares más articulado de Rossz Csillag Alatt Született —es decir, con devaneos IDM, de estructura neo-clásica y sutiles pinceladas acid—, como cierre resulta no sólo apropiado, sino perfecto. Pues tanto si decidimos cerrar ahí el viaje o deseamos seguir volviendo a escuchar el sencillo, todo queda perfectamente compactado en ese cierre que se siente como un regreso a la realidad donde sólo quedan los ecos de lo que ya hemos vivido.

Porque Chinese Nü Year es indescriptible. Pero indescriptible en el sentido de que es necesario vivirlo para poder comprenderlo; no es reproducible en palabras, no sin replicarlo. Es como viajar entre dimensiones, ser descuartizado por amorosos seres de pesadilla y ser regurgitado de vuelta en tu cuerpo con tu mente relativamente intacta. Algo que ocurre tan poco, y generalmente sólo en la música electrónica, que es imposible no querer seguir de cerca todo lo que haga a partir de ahora Iglooghost.

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