Taro Umebayashi & Taku Matsushiba – Oh! Skatetrack!!! YURI!!! on ICE Original Skate Song COLLECTION (2016)

por Álvaro Arbonés

No existe forma humana de dominar todos los posibles registros de un arte. De hecho, es por eso por lo que existe la personalidad. Al ser imposible canalizar todas las formas artísticas en su forma más perfecta posible, todos nuestros defectos, todas nuestras preferencias particulares, conscientes e inconscientes, acaban conformando nuestra personalidad artística. Más abierta o más cerrada. Eso no importa. Pero al final aquello que llamamos personalidad es la propia imposibilidad de dominarlo todo, de replicarlo todo, de ser perfectos; de permitir que el estilo gane sobre la sustancia.

Yuri!!! On Ice, anime revelación del 2016 sobre patinaje artístico, retrataba esta problemática de forma brillante. No había un patinador perfecto. No era sólo cuestión de «tengo que mejorar para superar a los demás». Todos y cada uno de los patinadores tenía su propio estilo, sus virtudes que explotar, e incluso defectos que les servían para dar color a sus actuaciones y desmarcarse de los otros. De ese modo, los animadores consiguen hacer ver que las explosivas rutinas de Yuri Plisetsky no se parecieran en nada a los delicados bailes de Yuri Katsuki o la fuerza técnica de las actuaciones de Otabek Altin. Y es que, ya sea por sus virtudes (la flexibilidad en Plisetsky, el entrenamiento en ballet de Katsuki y el entrenamiento espartano de Altin) tanto como por sus defectos (el carácter explosivo de Plisetsky, la inseguridad de Katsuki y la escasa flexibilidad de Altin), cada cual conseguía demostrarnos su personalidad en la pista a través de cómo elegían abordar cada una de sus rutinas.

Y a la hora de conseguirlo, la música es parte imprescindible de su caracterización.

Oh! Skatetrack!!! YURI!!! on ICE Original Skate Song COLLECTION, como banda sonora, tiene la particularidad de ser un recopilatorio sólo de las canciones de las rutinas de los patinadores. Algo que suma veinticuatro pistas, más de una hora de música y, como es lógico, canciones de prácticamente todos los géneros inimaginables.

Esa es su mayor virtud, pero también su peor defecto. Aunque el eclecticismo de saltar de canciones de música clásica hacia pop digamos ortodoxo pasando por rock de aspiraciones cyberpunk o composiciones de banda sonora para películas que no existen puede resultar chocante, narrativamente tiene sentido. Todas las composiciones juegan con melodías relativamente sencillas en canciones con cambios de ritmos muy marcados que permitan la dinámica habitual de cualquier rutina de baile: una primera mitad suave y una segunda mitad puntuada de pequeños puntos de acción explosiva que realcen la delicada belleza de los momentos de más calma.

Exactamente lo mismo que ocurre con la música.

Pero para poder apreciarlo mejor, pongamos por caso las dos composiciones del personaje que puede jactarse de tener las mejores canciones del disco. El a veces incomprendido Jean-Jacques Leroy.

Para su programa corto tenemos Theme of King JJ, una canción de pop clásico con refuerzos orquestales que tiene dos momentos explosivos en forma de estribillo, justo antes y justo después de la primera mitad de la canción, creando así una forma simétrica que cierra con un ligero, además de bellísimo, fade out reforzado por la progresiva disolución de la voz del cantante. De ese modo los movimientos obligatorios quedan condensados en momentos específicos, haciéndolos más vistosos. ¿Y por qué tiene que ser una canción cantada por él mismo y diciendo lo increíblemente guay que es? Porque el público suele aburrirse en el programa corto, infinitamente menos vistoso que el programa libre, y de ese modo crea cierta expectación al animar a sus fans a corear la canción mientras ejecuta su rutina. Pues le sirve tanto para hacer exactamente lo que los jueces están esperando y lo que sus fans esperan ver.

Del mismo modo, para el programa libre utiliza una composición que es su completo opuesto: Partizan Hope. De ritmo muy demarcado, con énfasis en los detalles orquestales y de una larguísima introducción progresiva, aquí no hay un primer momento explosivo; al llegar hacia la mitad, cuando parece que va a terminar de explotar, la canción se diluye para empezar otra vez de cero. Salvo porque no empieza de cero. Comienza haciendo énfasis en un piano distorsionado que acompañará a ese regreso a la batalla de la melodía, sólo que ahora con muchos detalles de sintetizador añadiendo textura, para acabar en un cierre explosivo en su segundo tercio que acaba prácticamente de golpe con unas preciosas baterías secas sobre un fondo de ruido de sintetizador. Algo que favorece tanto los grandes movimientos de Leroy como, muy especialmente, la absoluta delicadeza con la que adorna cada uno de sus pasos de baile en una narrativa que nos habla, ya desde la música, de la batalla de un hombre que, incluso habiendo caído por el camino —caracterizado en los constantes despuntes de la primera mitad, pero sobretodo de la tremenda caída que acontece en su punto álgido y su posterior sonido fantasmagórico de sintetizadores que se van diluyendo a la vez que vuelve el in crescendo de la melodía, el fracaso sólo le hace más fuerte.

En ésto, en las composiciones bigger than life, es donde más destaca la banda sonora.

Por ejemplo, la homónima Yuri!!! On Ice es un impresionante ejercicio de arpegios que juega con la misma idea de un primer falso crescendo para forzar un segundo crescendo más espectacular tras el fade out donde pasamos de una primera parte con un piano casi desnudo, como si intentara encontrar algo que le falta, y una segunda parte donde entra en juego toda la instrumentación, donde por fin consigue estallar.

Como si Yuri Katsuki estuviera bailando en medio de la oscuridad y no se hiciera la luz hasta que apareciera de la nada para acompañar sus pasos su amado Viktor Nikiforov.

El problema es que, como ya señalamos, esta virtud es su defecto. Y todo lo que tiene de sutil y delicado en las composiciones donde Taro Umebayashi juega con los cambios rítmicos, las falsas expectativas y las estructuras perfectas, le falta de espontáneo y mágico a las composiciones más pretendidamente vivas. Algo en lo que cae constantemente Taku Matsushiba, siendo especialmente sangrante en las dos composiciones para Phichit Chulanont: Shall We Skate? y Terra Incognita. Pero no es sólo él. También le ocurre lo mismo a Umebayashi, como podemos apreciar en la no del todo conseguida Anastasis.

Ahora bien, mientras Umabayashi se mantiene en las composiciones de estructuras férreas y desarrollos pop, como en ese prodigio de anuncio de colonias que es la erotiquísima Intoxicated, y Matsushiba elige el enfoque de banda sonora orquestal clásica, como por ejemplo en la destacable The Inferno, no es sólo que la BSO funcione, es que resulta prodigiosa de escuchar incluso sin tener las imágenes de refuerzo.

Especialmente considerando que, incluso en sus canciones menos inspiradas, es posible imaginar con facilidad cómo debió ser la rutina de aquel que patinara con esa canción.

Al final eso es lo más interesante de la BSO. No sólo que acompañe a la perfección a las imágenes, que lo hace, o que tenga valor por sí misma fuera de contexto, que lo tiene, sino que los propios compositores, como los patinadores, encuentran su encanto en la imperfección. En sus virtudes, en sus defectos, en aquello que hace que sea evidente cuando es una canción de Umabayashi, cuando lo es de Matsushiba y cómo se relacionan entre ellas.

Porque, en última instancia, la perfección es algo indeseable. Si tanto patinadores como compositores hubieran sido correctos, bordando todo en un frío estándar intachable, también hubieran resultado inanes.

Algo imperdonable cuando, a cambio de la imposibilidad de lo perfecto, podemos tener prodigios como Partizan Hope.

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