Iglooghost – Neō Wax Bloom (2017)

por Álvaro Mortem

En la música popular contemporánea existen ciertos protocolos básicos de actuación. Del lado analógico, todo debe ser aséptico, familiar y nostálgico. Del lado digital, todo debe ser o bien festivo o bien oscuro y machacón. Por eso hoy todo el pop parece cortado por el patrón sueco, todo el rock es hoy post-punk e incluso la electrónica que se pretende underground se ha acabado bebiendo las aguas o bien del synthpop nórdico (el equivalente electrónico al pop sueco) o bien de la new wave (el equivalente electrónico al post-punk).

Esa uniformidad que hace que occidente sea un patio de recreo donde todos los niños visten el mismo uniforme, sólo distinguiéndose por géneros y por el cambio de verano-invierno donde se pasa a dejar la chaqueta en el armario (personificado en que se reserva para la temporada estival la reivindicación de los ritmos más marcados ya sea de la electrónica o del reggaeton), es lo que hace tan aburrido al mainstream. Y por lo que Neō Wax Bloom es tan interesante.

Iglooghost es inaprensible. Cuando crees haber entendido sus referencias, su tradición o su forma, se escapa de forma escurridiza hacia otro terreno. Si se te antoja que es todo narrativa, entonces la forma te sorprende con detalles innecesarios para la historia que está contando; si crees que es todo forma, el propio artwork te recuerda que tal vez estaría bien que volvieras a hacer uso de esos ojos que dios, o vete tú a saber quién, ha tenido a bien concederte. Porque, si hay algo indiscutible, es que Iglooghost ni quiere ni aspira a jugar en la misma liga que la mayoría de músicos contemporáneos. Horada en su propio campo de juegos.

Por supuesto que Iglooghost no es una singularidad. Recuerda a Boards of Canada, a Flying Lotus, al Aphex Twin más acid. Pero recuerda a todos ellos en lo inusual, en su forma de usar de forma creativa elementos en apariencia desprovistos de musicalidad. En suma, recuerda porque no recuerda; recuerda porque se asemeja en intenciones.

Aunque ya desde Pale Eyes puede apreciarse lo singular de su acercamiento hacia lo que debe ser una introducción, comenzando Neō Wax Bloom por lo que parece una salida por la tangente, ya en Super Ink Burst es imposible dejarse llevar a error. Con un nu jazz alucinado de dibujos animados (que encontraría réplica en la recta final en Peanut Chocker) donde se infiltran descarados devaneos herederos del drum&bass en su segunda mitad, toda la política estética del disco se condensará en este mismo instante. Canciones que podrían aparecer en un show del Disney clásico si éste fuera producido en el año 3127 por un sorprendentemente todavía con vida Don Hertzfeldt.

Entre el breakbeat, un acid house idiosincrático y lo que llamaremos IDM sólo por decir algo, todo Neō Wax Bloom se articula en esa búsqueda obsesiva de una personalidad propia. De aquello que pueda justificar su existencia. No un producto genérico, pensado para vender, sino una exploración estética en tanto tal: el trabajo de un artista, no de un departamento de marketing de una sola persona.

Eso significa que también hay sitio para las excepciones. Infinite Mint abraza algo similar a una versión electrónica del pop/folk nipón à la Ai Aso en versión caja de juguetes de otra dimensión —algo que repetirá, incluso de forma más marcada, en ese excelente cierre que supone Göd Grid—, mientras Teal Yomi / Olivine retoma de su anterior trabajo, Chinese Nü Yr, tanto la presencia de Mr. Yote como cierta querencia por el grime tamizada por el campo del breakbeat más enajenado. Ambas excepciones que no suponen rupturas, sino expansiones de su universo creativo, para recordarnos lo más evidente de todo: que Neō Wax Bloom es un disco coherente. Que tiene una narrativa detrás sosteniendo cada cambio y elección estética.

Tal vez eso sea lo único innegable en Neō Wax Bloom. Esa consistencia capaz de articular un discurso invisible. La capacidad última de articular un sonido, unas formas, que sólo pueden pertenecer a Iglooghost.

Ahí radica su gran triunfo, pero también la razón por la cual corre el riesgo de ser ignorado. Es singular. Demasiado singular. Pues en tiempos donde se penaliza la creatividad, dando alas al domar cualquier forma de disidencia estética, resulta difícil de creer que pueden existir voces tan interesantes y vanguardistas emanando directamente no desde los márgenes más oscuros, sino desde una relativa cercanía a la superficie.

Porque Iglooghost es una rareza. Tiene personalidad. Y Neō Wax Bloom es, probablemente, el mejor disco debut que ha conocido la música electrónica en los últimos diez años.

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