Clap! Clap! – A Thousand Skies (2017)

por Álvaro Mortem

Pablo Picasso fue uno de los primeros artistas en mirar hacia África. Pues aunque el continente siempre estuvo allí, para el arte occidental aquello era un erial. Por ser amables. A fin de cuentas, ni a través de las hibridaciones o el flujo inevitable de la trata de esclavos, el arte miraría hacia el continente hasta casi la segunda mitad del siglo XX. Cuando el jazz estaba bien asentado, algunos de sus países comenzaron a prosperar y ya era un poco ridículo seguir fingiendo que no existían. No cuando ya llevaban mirando y bebiendo de Asia desde el siglo XVIII.

Por no decir que lo que hacían era más bien saquear.

Eso es lo que más sorprende de Clap! Clap! Sus ecos africanos, su énfasis en las percusiones, en las voces negras, en cierto espíritu folklórico. Algo que, acompañado con ritmos de origen caribeño y ciertos dejes que remiten hacia el house nipón de los primeros 00’s, hacen de su estilo algo diferente. Fresco. Algo que, a diferencia de lo que suele escucharse en radio y televisión, da ganas de escuchar, no sólo de tener puesto de fondo como banda sonora del vacío.

¿Significa eso que A Thousand Skies resulte ajeno a nuestra tradición musical? Más bien al revés. Su sonido, emparentado con la familia experimental de la que proceden Flying Lotus e Iglooghost, tiene un inimitable regusto house cuyos arreglos exóticos no pretenden ocultar.

Algo que conlleva ciertas contrapartidas.

Del mismo modo que en sus mejores momentos funciona por saber combinar en conjunto lo exótico y lo familiar (Nguwe, Oriens, Oriri) o porque abraza la tradición de electrónica de vanguardia occidental de un modo amable (A Thousand Skies Under Cepheus’ Erudite Eyes), en sus momentos más bajos todos esos elementos acaban sonando como pegotes colocados para hacer parecer más complejas estructuras demasiado simples. Sin gracia alguna. Algo que acaba devaluando el valor de su propia elección temática al hacerlo parecer un decorado de cartón piedra más que una ejecución artística.

A fin de cuentas, es como si hiciera de menos los elementos de los que se apropia. Casi como si los utilizara para embellecer algo sin considerar de forma cuidadosa cuál es su función o propósito dentro de la obra en sí.

En cualquier caso, aunque esos momentos están ahí, no consigue lastrar la totalidad de una obra que, en sus mejores momentos, intenta hablar de tú a tú con los grandes de la electrónica actual. Incluso si, por lo general, en su querencia por el house, la sencillez y la multiplicidad de arreglos sin bases sólidas que lo sustenten acabe cayendo en un exotismo rayano el orientalismo que convierte al disco en la adición perfecta a la biblioteca de cualquier montador de pases de modas.

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