Editors – Violence (2018)

por Álvaro Mortem

Del revival post-punk lo único que nos quedan son grupos achacosos. Gente que, aun cuando deberían estar en el cénit de su capacidad creativa, llevan años cayendo en un foso sin fondo de mediocridad, repetición y malos plagios de Joy Division. Algo que no nos extraña, considerando que en los 00’s no pareció existir mundo más allá de Interpol, pero que resulta igualmente dramático. A fin de cuentas, ningún grupo de los que cabalgaron la ola del indie rock mainstream han sabido mantener el tipo.

Editors no son la excepción. Con cinco discos a las espaldas, de singles atinados incapaces de sostener por sí mismos discos mediocres, no han firmado nada que justifique su presencia mediática. No por nada, durante diez años, fueron la eterna promesa del indie. Al menos, hasta el lanzamiento de Violence.

Si bien es posible encontrar aquí los rasgos distintivos de Editors —voz idiosincrática, post-punk de baja intensidad, ritmos pop y un exceso de confianza en los murmullos como coros y la repetición de estribillos—, lo que más sorprende de Violence es su completa rendición ante los ritmos electrónicos. Ya sea en la canción homónima, que vive y muere por una base de percusiones electrónicas que bien podría convertirse en un éxito en las pistas de baile indies, o en Belong, donde las distorsiones dotan de una intensidad a la canción que le hacen esquivar con gracia lo endeble de su estructura instrumental, donde triunfa el disco es a la hora de introducir un estilo diferente, no siempre necesariamente nuevo, dentro del canon musical del grupo.

Algo que se hace particularmente patente en la excelente Hallelujah (So Low), donde llegan a resultados dignos de Muse a través del referente más insospechado posible: Benjamin John Power, más conocido como Blanck Mass.

Contribuyendo en la grabación del disco, tanto en las partes electrónicas como en las instrumentales, su mano se deja ver con mayor claridad en los singles. Cuando el disco abraza la oscuridad y la violencia, pero también cuando se deja llevar por ritmos bien definidos, dotando de cuerpo a conjuntos que en cualquier otro caso quedarían deslucidos —una problemática común en Editors, quienes nunca han destacado por la contundencia de su sonido—, es fácil ver los ecos que ha tenido en el sonido del grupo un disco tan prodigioso como World Eater. Incluso en sus canciones más Editors, como puede ser el caso de Magazine, donde la electrónica está prácticamente ausente, se nota un énfasis mucho mayor en la rotundidad y el cuerpo del sonido que, sea causa o no de la intervención de Power, hace que el disco tenga muchas más capas, sonando de un modo infinitamente más convincente y rotundo que cualquiera de sus anteriores trabajos.

Todo lo anterior puede resultar disuasorio para sus fans. Especialmente, en las primeras escuchas. Y es lógico. Cuando eligen la vía de la guitarra se meten de lleno en el campo del rock sin apenas pisar el indie y cuando eligen el lado electrónico sus canciones ganan en volumen, pero se alejan de lo que sus fans pueden ver como virtudes: una sencillez pop rayano con lo insultante.

Pero ese es un precio que se pueden permitir pagar. O que los demás deberíamos pagar encantados para tener baladas tan rotundas como No Sound But the Wind. Una versión a piano de la canción homónima aparecida en la banda sonora de Crepúsculo.

El problema es que parece dudoso que nadie vaya a pagar el esfuerzo que requiere sobreponerse a los prejuicios. Violence es un disco redondo, interesante y fuera de la norma, del grupo y del mainstream actual, algo que le hace correr el riesgo de sufrir el ostracismo de la eterna promesa: Editors han descubierto (¡por fin!) un sonido propio, pero no es el que todos estaban esperando. De ese modo, cabe la posibilidad nada improbable de que decepcione tremendamente a sus fans y que quienes no lo son ni se molesten en escucharlo por estar esperando otra cosa. Incluso si el disco sería celebrado de forma notoria si viniera firmado por un grupo de nombre desconocido. Pero ese es el riesgo de ser una eterna promesa durante diez años. Que cuando llega la inspiración, incluso si es en forma del músico más violento vivo en occidente, tal vez no haya nadie dispuesto a escuchar nada más allá de las expectativas que habían depositado en ti.

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