Archive for ‘Crítica’

julio 25, 2017

Cornelius – Yellow Mellow (2017)

por Álvaro Mortem

Cornelius es vanguardia. Es pop. Es un subidón de azúcar, un parque de atracciones, un museo del futuro dedicado a la música más extraña del mundo. Japonés, productor, hombre en las sombras. Inventó el shibuya-kei, lo llaman «el Beck japonés», pero ni así hemos comenzado a atisbar quién narices es Cornelius.

Mellow Waves es el paradigma de la música de Cornelius. Pop, con clara deriva ambient escorando hacia la electrónica —y cuando decimos electrónica, decimos electrónica pura; aquella que se vanagloria de su propia condición incorporea—, en una primera escucha es posible catalogarlo como un genial disco de pop de ribetes ambientales. Y salvo por los pequeños arpegios disonantes y la voz como cansada del propio Cornelius, sería fácil decir que es sólo eso. Indie pop occidental llevado más lejos de lo que ningún artistucho lánguido y tristón sería capaz de llegar. Pero nada más que eso. Nada especial. Nada revolucionario.

Y nos equivocaríamos.

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julio 21, 2017

Judas Priest – Screaming For Vengeance (1982)

por Xabier Cortés

Lo bueno de esa perspectiva que nos da el tiempo es poder recapacitar sobre la trascendencia y la relevancia de ciertos artefactos culturales-musicales una vez han pasado los años, los géneros han ido y han venido y la vida ha dado más vueltas de las que a uno le hubiera gustado. Sucede en ocasiones que el paso del tiempo convierte ese hecho cultural en algo anecdótico que aún celebrándolo como algo relevante, nos escudamos en la nostalgia para defender sus virtudes sin ir más allá. Pero resulta que sí hay álbumes que mantienen —cuando no aumentan— su relevancia con el paso de los años. Aquellos que se convierten en clásicos inmortales como sucede con Screaming For Vengeance de Judas Priest. Porque los 35 años que acaba de cumplir no debería más que afianzarnos en una postura clara: es el disco que establece un nexo entre ese protoheavy que se venía haciendo a finales de los setenta con esa futura tendencia llenaestadios de los ochenta. Punto.

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julio 18, 2017

Dark Model – Saga (2017)

por Álvaro Mortem

¿Es posible saber la procedencia de un determinado grupo sólo atendiendo a cómo suenan? Esta pregunta puede sonar mal. Puede parecer el prólogo a una defensa del tan cacareado «espíritu nacional», concepto defendido, a partes iguales, por románticos, independentistas y fascistas por igual. Pero no hablamos de política. No esta vez. Sólo nos referimos a si es posible que ciertas formas de concebir la música sean, esencialmente, fruto de una cultura y un tiempo específico. Y por ello, reconocibles como tal.

No hay pregunta más pertinente si pretendemos hablar de Dark Model. No por nada, su sonido nos remite hacia coordenadas muy, muy específicas. Tan específicas, que cabe señalar en una dirección. Japón. Y en un tiempo. Los últimos veinte años.

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julio 14, 2017

Archspire – The Lucid Collective (2014)

por Xabier Cortés

¿Existe un punto en el que el metal extremo sea extremadamente técnico sin que por ello caiga en el innecesario ejercicio masturbatorio de rigor? Sí, existe. Más o menos. Pero vayamos más allá: Cuando exploramos las revueltas aguas del tech death metal y esa fría, a priori, maraña de doble bombo a la velocidad inhumana, sweep picking endiablado, riffs hipersónicos (con una puntuación de 9,75 en la escala-de-vaya-usté-a-saber-qué), voces disparadas a mach 3 y un bajo de esos que abren grietas en el tejido espacio-temporal se presentan ante nosotros, no es simplemente un extraordinario despliegue técnico y ya. No. Esa velocidad que guía las composiciones no obedece más que al genuino carácter inhumano de un género denostado y, sobre todo, malinterpretado. Inhumano porque ¿acaso hay algo que nos aleje más de la Humanidad —en general— que exprimir los límites de lo Humano en términos de, una vez más, destreza técnica y velocidad inhumana—repetiremos lo de inhumana las veces que haga falta, descuiden— en forma de canciones directas y sin serpentinas ni fuegos artificiales innecesarios? Pues no, no lo hay. Y resulta que Archspire son capaces de llevar esta fórmula con obsesiva devoción hasta sus últimas consecuencias en su segundo álbum, The Lucid Collective.

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julio 12, 2017

Limbonic Art – Spectre Abysm (2017)

por Álvaro Mortem

Algunas cosas no necesitan cambiar. Llevan tanto tiempo entre nosotros, han asentado formas tan puras, reiterativas y constantes que, cualquier cambio, por mínimo que sea, podrían hacer que se vinieran abajo. En otras palabras, la costumbre crea tradiciones. Y las tradiciones se deben respetar no porque sean importantes o porque siempre se haya hecho así, sino porque son un pedazo del pasado que ya no volverá: si una tradición se ignora o evoluciona, ya nunca más volveremos a saber de ella.

Limbonic Art no necesitan cambiar. Llevan más de veinte años haciendo lo mismo. Pretender que cambien ahora sería ridículo.

Esto puede parecer la antítesis de lo que ningún crítico debería defender nunca. Y lo es. Pero es que Spectre Abysm se presta a ello. Como disco de black metal resulta clásico, fácil, sin ningún aspaviento ni ánimo experimental de ninguna clase. Sólo black metal al estilo 90’s. Sólo como debe sonar un disco de Limbonic Art.

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julio 7, 2017

God Body Disconnect – Sleeper’s Fate (2017)

por Xabier Cortés

Entre las muchas virtudes que se esconden en un género tan rico y variado como el dark ambient —y cualquiera de sus múltiples ramificaciones— es la de su inmensa capacidad para generar imágenes precisas y cristalinas; las composiciones se convierten en coordenadas exactas que, en conjunto, crean ante nosotros una serie de fotografías nítidas en las que nos encontraremos frente a frente con el artista; sus inquietudes, sus anhelos, su visión y, también, sus miedos. Lejos de ser una simple colección de imágenes más o menos coherentes —y oscuras, como tan bien saben malinterpretar los cientos de vídeos que pululan por cierto tubo catódico cibernético—, el dark ambient, nos arrastra hacia su historia, su idiosincrasia para, finalmente, vomitarnos de nuevo hacia el Mundo Real™ sin saber muy bien cómo hemos acabado ahí, pero con una extraña sensación entre el alivio, el desasosiego y la incertidumbre. En su segundo trabajo, God Body Disconnectmoniker tras el que se encuentra Bruce Moallem— continúa desarrollando en este Sleeper’s Fate la historia que comenzó en su anterior Dredge Portal: la de una persona en estado comatoso encerrada en la su propio cuerpo sin más compañía que el lejano zumbido de las máquinas que le mantienen entre la vida y la muerte.

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junio 30, 2017

Algiers – The Underside Of Power (2017)

por Xabier Cortés

Existe un interés tóxico en defender que un artefacto artístico no debe ser político porque perdería su estatus atemporal. Porque el arte está por encima de la política. Porque ya sabemos que las personas responsables de esos hechos artísticos son entes etéreos ajenos a todo y a todos. Resulta curioso que esa trinchera que defiende semejante barbaridad, el carácter aséptico del arte, sea la que después se alinea con el status quo mientras continua vomitando ese falso discurso sobre la no-conexión entre política y arte. Ocurre que cuando un solista/banda/grupo/orquesta/loquesea se posiciona claramente en una supuesta —y equivocada, como estamos viendo aquí— postura apolítica no hace más que posicionarse como un artista político al servicio de las élites. Actitud que se balancea entre la ignorancia y lo miserable: creemos pensar que es la primera, pero sabemos que se trata de lo segundo. Sorpresa.

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junio 28, 2017

Dj Shadow – The Private Press (2002)

por Álvaro Mortem

Ciertos discos sólo se pueden comprender con perspectiva. Cuando se ve cómo han marcado el paso del tiempo, cómo dejaron atrás su época adelantándose a un futuro incierto, es entonces cuando se puede afirmar su verdadero alcance. A fin de cuentas, todo lo demás es especulación. El éxito o el fracaso de un disco es circunstancial. Y su capacidad para seguir siendo relevante diez o quince años después algo que sólo el paso del tiempo puede atestiguar.

A pesar de que The Private Press fue un terremoto en su momento, la crítica cultural no ha celebrado su reciente quince cumpleaños. Y no es de extrañar. Sigue siendo hoy un disco tan extraño como en 2002.

Devolviendo el sampler al uso vanguardista, saqueando de todos los contenidos sonoros creados por el hombre, Dj Shadow crea en este disco una narrativa articulada a través del propio proceso de su montaje. En otras palabras, su discurso no es lo que dice con palabras, sino lo que dice con sonidos. Por cómo los manipula, los pone orden y nos hace valorarlos como un todo completamente desfigurado y recompuesto. No como piezas sueltas, sino como un todo coherente en su conjunto.

Por eso es tan problemático el disco. Es imposible hablar de él canción a canción. Del mismo modo que cada una de sus composiciones se comprende sólo como la suma de sus samplers, ya que cada cada uno de ellos por separados o bien no tienen valor musical o bien parecen no ir en consonancia con el estilo musical del californiano, The Private Press sólo se comprende cuando lo valoramos en conjunto.

No como si fuera una consecución de estampas, sino como si fuera un enorme cuadro en movimiento.

A partir de ese momento es cuando comprendemos su valor. Qué ha aportado al mundo. Cuando nos dejamos empapar por la música, viendo cómo manipula todo para crear pasajes, desvíos e historias, cómo deja que el paisaje hable entre canción y canción, incluso, para rematar el chiste, cómo quiebra en dos algo que podría ser la misma canción, pero en su espejamiento convierte a la composición en un asalto estético a mano armada —Mongrel/ y …Meets His Maker—, entendemos la razón por la cual no se ha celebrado su aniversario. Porque es imposible. Es una obra de arte viva, monstruosa e imposible de aprehender de un artista aún en constante evolución.

Sería como celebrar el aniversario de una agresión. Una particularmente incómoda, con botellas rotas, sangre por todas partes y algunos otros fluidos de los cuales es mejor no hablar demasiado.

Más por decoro que por el hecho de que pueda importunar a nadie.

Pero incluso si queremos hablar de lo estrictamente musical, todo queda igualmente agresivo. Oscilando entre un estilo más heredero del reggae y los sonidos caribeños en general que del hip-hop más ortodoxo, cuando no nos está pidiendo que nos pongamos a dar saltos de un lado a otro de la pista Dj Shadow está componiendo baladas clásicas o composiciones rayano el pop, aunque siempre con esa patina irreverente, personal y absolutamente inimitable.

Por eso nadie lo ha reivindicado quince años después. The Private Press no conecta con ningún otro trabajo posterior. No de forma evidente. Para explicar su genialidad a través del tiempo habría que demostrar que fue uno de los puntos de inflexión del hip-hop instrumental: el momento en que dejó de ser algo aferrado a la lógica necesaria del cantante para pasar a ser un objeto valioso por sí mismo. Un ejercicio de vanguardia. Todo ello sin dejar de ser, en ningún momento, accesible para cualquiera que haga el esfuerzo de acercarse hasta él.

No hay noticia en «cumple quince años un disco que ha ayudado a erosionar los límites entre el pop y la vanguardia». No hay reivindicación posible en «cumple quince años un disco que manda a tomar por culo al crítico medio y su incapacidad para hilar dos pensamientos propios al escuchar un disco». No la hay. No puede haberla.

Pero Dj Shadow es tan importante hoy como hace quince años. Y eso nos dice el paso del tiempo. Que The Private Press, tanto hoy como ayer, es una obra maestra indiscutible.

junio 23, 2017

King Woman – Created In The Image Of Suffering (2017)

por Xabier Cortés

La música como vehículo redentor o, si lo prefieren. Las canciones como forma única de purgar los demonios internos. Porque parte de la música se nutre de experiencias, de errores vitales —y suponemos que de algún acierto también, aunque no nos consta—, de mentes rotas y de sentimientos perdidos. Porque de la frustración, del miedo y de la opresión se puede construir un detallado relato de composiciones en las que verter ira, pasión e incluso perdón. La imagen del artista —compositor e intérprete— abriendo su pecho en canal para expulsar sus pecados —en el sentido más amplio de la palabra— y hacer que, de alguna forma extraña y casi mágica, nosotros, simples oyentes, nos sintamos parte de ese ritual de redención. Porque es ahí, precisamente, en ese instante en el que conectamos con la música en el que ésta se realiza y se termina de completar. Y es esto mismo lo que sucede con el LP —tras un EP brillante— debut de King Woman, aka Kristina Esfandiari manda y no tu panda, Created In The Image Of Suffering.

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junio 20, 2017

Aristophanes – Humans Become Machines (2017)

por Álvaro Mortem

Si algo bueno ha traído Internet es romper el pequeño caparazón que suponen los medios de producción nacionales. Al crear un sistema de comunicación global cuyo uso es (relativamente) intuitivo y no dependiente (enteramente) del lenguaje, es fácil encontrar alternativas al discurso hegemónico presente en cada lugar. En otras palabras, quien se conforma con escuchar lo que ponen en su radio de referencia, es porque no tiene ningún interés de salir de su pequeña burbuja de lugares comunes.

Aristophanes hubiera sido imposible antes de la aparición de Internet. Eso es obvio para cualquiera. Taiwanesa, rapera, feminista y profesora de escritura creativa, sus bases ácidas y sus fraseos agresivos y poéticos fueron descubiertos a occidente cuando, buceando por SoundCloud, Grimes la encontró y decidió contar con ella para la canción más interesante de Art Angels, Scream. Por eso estamos hoy aquí. Porque gracias a esa colaboración ha podido firmar Humans Become Machines, un disco con pretensión global.

Nada de eso quita ni un ápice de originalidad al disco. Pero tampoco de dificultad. Con un estilo agresivo, oscuro y difícil de asimilar en una primera escucha, Aristophanes nos obliga a horadar sus canciones para comprender dónde reside su encanto. Pero cuando lo hacemos, encontramos recompensa.

Ya sea en los descarnados ritmos acompasados de Dream of Caves, el brutal ascenso hacia el grime en 3001: A Space Disco o el alucinado viaje lisérgico con tintes pop de Queen In The Wonderland, todo suena como la versión malévola de un cuento de hadas intencionalmente distorsionado y sangriento. Algo a lo que ayudan tanto sus letras, cargadas de simbolismos, como sus vocales, siempre más cerca de hacer trizas los versos en un escupitajo malintencionado que de rapear en el sentido más ortodoxo del término. Porque ahí reside su encanto. En cómo lleva el rap hacia un territorio rayano la pesadilla, mucho más cerca del sonido del trap japonés que del pop marca blanca estadounidense. Incluso si en último término a lo que más se parece es a la sucia e indefendible (para el crítico nacido antes de mediado de los 80’s) estética cut-up que favorece toda una vida de Internet, anime y literatura de vanguardia.

Pero nada de eso quita que tenga sus momentos cuestionables. Fly to the Moon y, especialmente, Birth of a Prayer, son composiciones pastelosas, injustificables en el contexto del disco, versiones apenas sí ligeramente intervenidas del típico éxito radiofórmulas concebido desde la mente de una docena de productores. Pero si obviamos ese traspiés, el resto del disco no sólo es disfrutable, sino excelente.

El problema es que ese traspiés puede marcar su futuro. Que, dado el éxito que está cosechando, Aristophanes se convierta en la nueva Grimes. Otro producto industrial, de canciones perfectamente calculadas, que pierda todo su encanto por el camino.

Ese es el otro peligro de Internet. Que igual que nos da con una mano la posibilidad de conocer lo que ocurre incluso en el lugar más ignoto del mundo, también sirve para estandarizar y borrar todas las posibles barreras que intente imponer el underground para protegerse de un mainstream voraz y asesino. Pero incluso si Aristophanes eligiera el peor camino posible para su música, aún nos quedaría el recuerdo de que en Humans Become Machine firmo un sobresaliente ejercicio de estilo.