Marlon Dean Clift – Spleen III (2015)

por Álvaro Mortem

Marlon Dean Clift - Spleen III (2015)No existe ser humano que carezca de una obsesión cardinal en su corazón. No importa que clase de idea sea, si es algo general y abstracto —el amor, la muerte, la belleza— o algo particular y concreto —la persona amada, la fertilidad, el mal como poética—, pero siempre se verá representada como eje principal de su obra artística. En eso es en lo que se diferencian todos los artistas: tanto en el concepto de su obsesión como en su capacidad de trabajarlo de formas distintas. Hay quienes sólo saben repetir la misma idea de forma constante, sin variaciones de ninguna clase, mientras otros encuentran diferentes formas de darle vida sin ahogarla, sin convertirla en otra obsesión ni vaciarla de significado por pura repetición. Es esa segunda clase de artistas los más interesantes, los que exploran más profundo en el mundo.

En algunos casos, como los de Marlon Dean Clift, esa idea está puesta sobre la mesa desde el primer minuto. Spleen. Fin. Y al llegar hasta la tercera iteración uno teme que se esté agotando la posibilidad de hacer un tratamiento diferente, de acercarse con ojos nuevos hacia aquello que ya se ha trillado de forma excepcional en dos ocasiones; nada más lejos de la realidad, por supuesto, ya que encuentra una vuelta de tuerca diferente con respecto de sus anteriores obras. Si Spleen hacia un tratamiento desde la nostalgia, de ecos fantasmales donde predominaban las distorsiones, con poco predominante espacio para el optimismo, y en Spleen II la atmósfera se desnudó de efectos, quedando un ejercicio de estilo más próximo al desapasionamiento clínico, al encontrarse cara a cara con la desesperación, en Spleen III asume un rol completamente diferente: es amargo, triste, de algún modo descarnado. No sólo se desnuda, sino que se arranca la piel. Incluso a veces hasta llegar hasta la inconsistencia.

Es difícil negar los excesos detrás del disco. Su duración, sus efectos, su sentimentalismo próximo a lo pornográfico; también la brutalidad de algunas de las composiciones, que sin embargo hacen casar a la perfección fondo y forma —valga de ejemplo How I Killed The Kiddo, con sus dejes à la Placebo, o Betrayed. Pero sería injusto señalar la ambición desmedida como un defecto. O sólo como un defecto. Es cierto que a veces puede parecer demasiado, demasiado intenso, demasiado emocional, incluso llevarnos hacia la incomodidad, pero enfrentarnos contra el lado oscuro, contra el abismo que no queremos mirar por si acaso nos devuelve la mirada, es también un motivo propio del arte. Y del spleen. He ahí que Spleen III sea, a su manera, brillante: ha encontrado un nuevo modo de representar el spleen, aunque éste sea el exceso en sí mismo. Y eso es más de lo que podíamos pedirle.

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